25.6.16

POEMAS MÍOS TRADUCIDOS AL BENGALÍ

EL ÁNGEL
El inconsciente es un árbol lleno de pájaros muertos
que se echan a volar cuando uno menos lo espera
Óscar Hahn
Toma de mi leche dijo el ángel
y yo, que no sabía dónde estaba
lo miré
y lo seguí mirando
con la perplejidad de los recién nacidos.
Era una noche negra y escondida,
nadie nos podía ver,
solo cabía la disculpa de venir de lejos
sin resuello
remontando río arriba hasta el amanecer.
El ángel me miró y yo no supe
si sonreír o llorar
y me quedé ahí, desbocada,
como quien no tiene horizontes a la vista,
ni bordes, ni caminos, ni siquiera,
el destello de algún amanecer en perspectiva.
Soy yo, dijo el ángel, ¿no me reconoces?
y perdida en la locura,
no pude responder, solo miraba
su larga cabellera rubia,
ahí sus ojos,
los ojos de aquel que hace ya mucho
voltearon mis sentidos, dieron rumbos a mi sangre,
percibieron que mi toda yo
estaba dispuesta.
Y entonces comprendí
que era un fantasma del pasado
una voz huera que intruseaba
en el temido recordar de los ancianos
sola sombra de los huesos porvenir.

PÁJAROS

El cielo está sangrando pájaros.
Muchos pájaros de un raro color,
desmadejados,
las alas yertas,
los picos deshechos.
Sólo soplos grises
cayendo desde lejos.
Pájaros de dónde.
Tal vez despojos de ciertos ángeles
caídos de la secreta casa.
Cientos de pájaros
con el grito roto en la garganta
y los ojos vueltos
Todos serán sombras.
Para que los olvidemos.



PRÍNCIPE AZUL

no desmontes de tu brioso corcel
ni me tomes en tus brazos
ni roces mis labios
con tu boca delicada
porque
si te miro de frente
con mis ojos de bruja verde
y te beso como se debe
y me sueño todo el cuento
entre tus sábanas de holanda
mucho me temo

QUE DESAPAREZCAS




18.6.16

EL PROTAGONISTA

ABRIÓ EL LIBRO EN LA PÁGINA 82. La tinta negra de las letras caracoleaba y se extendía perezosa ante sus ojos. El hombre se incorporó desde la línea 8 y le sonrió. Tenía un trocito de espejo en cada pupila y la barba clara. Un mechón súbito marcaba el límite de su frente, que ella ansió acariciar de inmediato. Hermoso, pensó, sin darse tiempo para otra cosa que contemplarlo. ¿Sería el protagonista de qué cuento? No había mirado los títulos. Ella siempre abría los libros en cualquier parte, hojeando de atrás para adelante, y empezaba a leer arbitrariamente el párrafo que llamara su atención.


Éll se puso de pie, alisó cuidadosamente su chaqueta marrón, se acomodó el nudo de la corbata y le extendió una mano cálida. Ella se dejó llevar hasta el centro de la página y ambos se sumergieron en el río de palabras que se movían turbulentas y precisas descubriendo un espacio propio.


Era una historia larga de esperas y desencuentros. El personaje se deslizaba por las líneas y hacía piruetas y malabares. Desplegaba sus cartas de mago con la pericia de un prestidigitador ante los ojos atónitos de ella, que leía y leía, sin poder detenerse. Hundida en la menuda vegetación que oscurecía la hoja blanca, sintió quebrarse las sílabas, que ya no alcanzaba a descifrar.


Resbaló dentro de la narración escuchando el chirrido de sus zapatos que se escurrían como azogue. Calma y silencio después. El hilo del relato proseguía inmutable. Dejó que la sal de las palabras quemara sus pestañas.


Llovió sobre la página 83. Goterones de azufre. Llanto de huesos y huracanes. Lágrimas verdes. Muda, ciega y palpitante vio derretirse su caparazón. Una a una cayeron sus pieles de lenta cebolla, hasta descubrir un corazón de pájaro recién nacido.


El protagonista rondaba oficioso restañando heridas, desdoblando los pliegues de lo oscuro. Pero el desamparo crecía con el invierno. La lámpara ya no fue suficiente. Hubo que encender velas y sostener manos a la entrada de los túneles. Túneles y viento.


Autor, narrador, protagonista y lectora se sustituyen y congregan. Se eternizan en una sola llamarada. El argumento se precipita hasta el borde de las líneas borroneadas por el repentino clamor de una lluvia salobre que irrumpe desde adentro. El libro parece germinar entre olores febriles e incitantes.


Sus dedos temblorosos dan vuelta otra página. Un impacto de luz, un deseo secreto apenas formulado, convocan al protagonista que se yergue fuera de la hoja. Alza el rostro y se entrega en un doble beso de trigo y espadas. El contacto ardiente de los labios humanos arrasa a borbotones al hombre de tinta, que retrocede herido y se repliega en el papel, con el castigo enlutando sus ojos.



En un instante el relato recupera su aplomo. El protagonista, ya inaccesible en su distancia, observa a través de las letras. La lectora, silenciosa y lentamente, recoge boca, brazos, garganta y primavera, y cierra el libro en la página 90.

31.5.16

CREPUSCULAR

Porque el lenguaje no basta es que trepo inútilmente hasta sus ojos.  Ese silencio se me pega en la ropa, me estrangula, me cuelga como harapos. Y mi carne se estremece entre su espacio y el mío.  Intento decir, pero no alcanzo.  La sopa azul de su cigarrillo merodea por el cuarto, restregándose en su piel, en mis cabellos.  Los objetos se difuminan y se alargan corno el humo.  Observo su figura muy derecha sobre la mecedora al lado de la cama.  Usted parece dirigir una orquesta invisible desde su posición junto a la ventana apenas entreabierta.
Los pesados cortinajes de terciopelo granate ahogan el murmullo de la calle.  Me dirijo    al velador lleno de frasquitos de diversos tamaños y, en silencio, cojo el de la etiqueta azul, saco una píldora y se la entrego junto al vaso de agua fresca que he traído.
Usted nada dice, se traga la píldora y me devuelve el vaso que coloco sobre la repisa de los muebles antiguos, inútiles testigos de su vida pasada.  El gato echado a sus pies ronronea con un fragor satisfecho ante 1a lumbre de la estufa encendida al centro de 1a habitación.  Desde el muro, el reloj da seis campanadas y la oscuridad invernal moja de sombras el cuarto. ¡Qué importa!, dice usted. Pero usted raras veces dice algo y tengo que adivinar los finos hilos de su mente.  La noche se alarga quieta, senescente. Voy hacia el balcón y comienzo a estirar las cortinas.  Usted ladea la cabeza como siguiéndome.  Continúa expeliendo el humo con ese gesto irónico, casi agotado de sus labios.
Miro hacia la noche allá afuera y maquinalmente enciendo la lámpara que está sobre el velador, como si su fulgor pudiese crear una atmósfera nueva entre nosotros.  Usted apaga el cigarrillo y extiende sus manos nerviosas sobre las rodillas. ¡Cómo quisiera que me hablara! Pero usted nunca dice nada que no sea estrictamente necesario. Yo sé que me observa desde sus laberintos interiores, con esos ojos secos, con esos ojos descoyuntados que no dicen.
Me muevo por el cuarto por parecer ocupada. Arreglo su mesa de noche, ordeno los frasquitos según los horarios en que usted debe tomar sus medicamentos. Vuelvo al piso bajo por más agua para llenar el vaso.  Subo rápido las escaleras y lo coloco junto a los frascos.  Usted no se ha movido.  Su silueta es una sombra plana delante de la lámpara. Abro su cama y lo observo.  Usted también me observa desde muy adentro.  Sabe que me hace daño; me roba la alegría que traigo cada mañana desde la calle, porque afuera todo es diferente.  Cuando entro, se apaga el mundo entero y en el silencio me voy hundiendo, hermanada también en su ceguera.






23.10.15

BOTÁNICA



Se desangraba en la acera. No habría otra luna para él, ni estrellas, nunca más. No quería dejarse ir, pero la oscuridad se le agrandaba en los ojos.
Su mano tocó la fría masa de acantos que bordeaba el antejardín. El cerebro comenzó a penetrar en el verde, hasta el fondo. La savia ululaba entre sus dedos. Los apretó y restregó contra la piel rugosa de la planta. Entonces sucedió: sintió el rocío en la cara como una llovizna de oro en un campo de yuyos. El vientre dejó de doler. Los ojos se acostumbraron a la penumbra, pero ya no eran sus ojos, sino pequeños tentáculos que se arrastraban por la tierra tras el reguero de sangre. En la boca, un sabor amargo y leve de hierba. Tentó sus raíces firmes y agradeció las alas verdes que le nacían de los hombros y se curvaban con la brisa.


22.8.15

EL LEGADO


Sentía las manos pesadas de frío; como aquellas manitos de bronce para llamar a las puertas que conocía desde niño en el antiguo barrio céntrico. Cuando abrió la boca para entibiarse los dedos con su aliento, un ventarrón helado se le zambulló de un viaje hasta los pulmones. Un manotazo fiero le estrujó las vísceras y se mareó. Pero no como si fuera a descomponerse. Tampoco ardía demasiado. Me estoy acobardando, pensó. Es el pánico de enfrentarme ahora con esta puerta y abrirla con mi llave. El par de veces que había venido en tantos años tuvo que golpear para que le abrieran. Sí, eso debe ser. ¿Pero, por qué? ¡Sabiendo que no hay nadie, si serás huevón! Ahora el garrotazo se estaba convirtiendo en tajo punzante. Un alambre delgado y flexible enroscándose en su cuello, apretando.

               La casa es suya ahora, le dijo el notario un par de días atrás. En su derecho estaba de abrirla por sí mismo y entrar y salir a cualquier hora, sin pedir permiso ni dar explicaciones.               
               Definitivamente no se acostumbraba a la idea. No había vivido allí por casi veinte años y la sensación de pertenencia que cobijan los lugares donde se ha pasado la infancia se había esfumado. Sin embargo, ahora estaba en posesión de esa vieja casa con todos sus cachivaches. O tal vez, a su entera merced, pensó luego con un escalofrío.
               Desde muy pequeño se había habituado a ser el blanco preferido de los dardos de su madre. Era tal la avalancha de expectativas que ella le había volcado encima que creció agobiado por el miedo a defraudarla. A veces hasta imaginaba que pretendía devorarlo con sus besos.
               Ya no logra recordar la época ni la estación de su niñez en que empezó a sentir la comezón. Una protuberancia rojiza crecía y crecía en la base de su nuca obligándolo a rascarse hasta que los poros se le dilataban tanto que la piel se abría y quedaba en carne viva. Segundos después sobrevenía el ahogo, le faltaba el aire en mitad de una clase, en el recreo, en plena calle; creía que fatalmente iba a morirse en cualquier momento.
               La llave no encaja o tal vez la chapa oxidada ya no funciona. No sería raro con tanta lluvia como ha caído este invierno. Vuelve a repasar los últimos meses: las cartas, los recados, la exigencia, la urgencia, la emergencia. Su madre estaba enferma, tan enferma que tuvo que acudir, a pesar de todas las recomendaciones en contrario.
               Luego del viaje, la hospedería cercana a la estación de ferrocarriles, para no molestar a los parientes con un allegado intempestivo; las carreras al hospital; las excusas falsas delante de su madre; la fila de los desamparados en la puerta de la farmacia; y los ojos de las vecinas. Eso era lo que más le molestaba, a decir verdad: la mirada intrusa, entre compasiva y morbosa. Las palabras de consuelo que, más que ayudar, punzaban. ¿Por qué no me dejarán tranquilo, si ni siquiera se ofrecen para hacer algo útil?
               Luego, inevitable, llegó el funeral, como todos los funerales a los que alguna vez asistió o soñó o vio en el cine. El frío entremezclado con el peso de todos los deudos juntos; la lluvia con las lágrimas de las comadres y las tías; los golpecitos en la espalda; abrazos que le enrojecen la nariz de tanto restregarla contra aquellos abrigos de lana sintética o esos impermeables orientales de segunda mano que ingresaban al país por toneladas.
               Le arden los ojos. Nunca ha sido bueno para soportar la emoción ajena, sobre todo si se le viene encima como una ola vasta y demoledora. Ansía desaparecer de allí pero sabe que no podrá justificarse con el típico asunto urgente, ni con un repentino estado gripal, ni nada. No habrá excusa que valga para abandonar la iglesia. Tendrá que permanecer estoico. Ahora comprende todo el largo y ancho de esa expresión.  
               Decidido a ahorrar energías y funcionar a media máquina, se instala en la banca reservada para los familiares cercanos, y desde allí examina el atrio, la urna, las coronas y las cruces, como si se hallara detrás de un vidrio. Recorre con mirada indiferente la hilera de santos cubiertos de lamidos oropeles, bajo los que se adivina el yeso inmisericorde. Luego entorna los ojos y deja que el olor de las azucenas, claveles, ilusiones y rosas blancas lo penetren lentamente hasta embriagarlo por completo. Juraría que todas las flores son albas y tímidas, de apariencia inofensiva. Jamás podría haberlas de colores en este funeral. Ella lo hubiese desaprobado.
               Si se atreviera a meter la mano entre el enrejado colchón, si desarmara con sus dedos las coronas y las cruces, una por una, y desprendiera aquellos pétalos falsamente inocentes; si escarbara hasta el fondo y destruyera las corolas y llegara al corazón apretado y misterioso, seguro que hallaría algún bicho, alguna larva enmascarada, unas antenas oscuras y repelentes, un aleteo de pequeños seres ciegos pataleando por recuperar su territorio. Le parece que sus dedos se humedecen con pálidos jugos. Los tallos entretejidos comienzan a soltarse y las puntas medio podridas se le deshacen entre los dedos. Su piel absorbe con repugnancia la viscosidad de savia muerta, las últimas gotas de aquellos humores que han perdido su atadura a la tierra. Despojos, piensa. Despojos para vestir otros despojos. Toca con su mano fría la fría superficie de la banqueta. Madera muerta, utilitaria. ¿Qué es sino muerte y más muerte este recinto? Sin embargo, evita separar los párpados, temiendo que esa lucidez extraña desaparezca.
               Algunas vecinas, sentadas más atrás, rezan rosarios con un murmullo apenas perceptible aunque uniforme, como la estática de una radio sin antena, que invade la iglesia, la bóveda, el largo pasillo y el desvencijado automóvil del tío Raúl, como un gran barco negro navegando por esos caminos infames, llenos de baches y curvas; la tierra que levantan los neumáticos se acumula sobre el parabrisas y entra por la ventanilla abierta, le pica en las orejas, le seca la boca, pero van tan contentos los tres. La radio chirriando así, por detrás de una canción de la Mercedes Sosa. El tío Raúl la adora. Mina con agallas, repite siempre, y la vocecita que se gasta, ésta sí que es mujer para un hombre como yo. Tuerce la mirada hacia mamá y luego estalla en carcajadas anchas y festivas. Yo lo escucho con los ojos abiertos al camino. Me gustaría que las canciones no se parecieran tanto unas a otras, pero si a él le parecen buenas, así debe ser. Nunca se me ocurriría dudar de las verdades del tío Raúl. La única verdad que no acepto es ese título de ‘tío’. Desearía con todas mis fuerzas que fuera mi padre y en las noches, cuando me cuesta quedarme dormido, fantaseo que a lo mejor sí lo es y por alguna secreta razón, nadie quiere admitirlo. Pero cada vez que pregunto, él sólo se ríe con esa risa grande y glotona. Y mi mamá se vuelve más seria que de costumbre y me llama sacrílego, como si querer tener un padre fuese pecado mortal.
               Nunca supe quién era. Mi padre, digo. Ni siquiera me permitieron saber su nombre. A ella no le gustaba hablar de él. Sólo supe que se fue cuando yo nací; que se fue para la Argentina y no volvió ni mandó plata ni escribió. Que ella era sola, que siempre estuvo sola y que no necesitaba tampoco a ningún hombre para parar la olla; que para eso trabajaba, que nunca tuvo las manos amarradas y que con fe en Dios y madrugando, la vida no tenía por qué desquitarse con nosotros.      
               Pero el tío Raúl siempre estaba cerca. Aparecía los domingos a la hora de almuerzo, traía el diario y me daba las tiras cómicas, que a mí no me interesaban tanto, la verdad; más me gustaba escucharlo narrar las mil historias que sus pasajeros le contaban en los trayectos: a veces divertidas, a veces trágicas. El tío Raúl había oído muchas cosas en su trabajo. Decía que manejar un taxi le enseña a uno todo lo que necesita saber en la vida.
               Después de almorzar, mamá y yo nos encaramábamos encima de los afelpados asientos, aún marcados por los fantasmas de sus ocupantes de la semana, imaginaba yo, mientras nos alejábamos de esas calles con casas y jardines ordenados, y nos adentrábamos en caminos sin pavimento, rodeados por campos húmedos, donde florecían el pasto y los yuyos, y de cuando en cuando, una casita blanca, con cardenales creciendo entre los palos de la reja, y algunas gallinas que picoteaban la tierra. Y de repente, la cordillera, como un gran monstruo lleno de ojos morados y cafés, a punto de saltarnos encima.
               Aquí ya estamos fuera de la capital, decía el tío, aprovechen para respirar aire puro que este niño se ve paliducho; tanto estudio nunca es bueno y tanto encierro tampoco. Y volvía a reír y a canturrear a coro con la radio armando una verdadera fiesta; lo seguíamos mamá y yo, aunque a veces ella se conformaba con escucharnos y se quedaba muy quieta mirando por la ventanilla. Era muy callada mamá. Sólo cuando hablaba con las vecinas de mis notas en el colegio y de mis premios en inglés y matemáticas, parecía resucitar de esa especie letargo descolorido en que pasaba la mayor parte del día.
               Poco antes de que cumpliera catorce años, el tío Raúl desapareció, pero no como mi papá; él no se fue por voluntad propia. Algo así me dijeron. Y nunca más se habló de él. Mamá me prohibió comentarlo con mis amigos y ni siquiera podíamos recordarlo entre nosotros cuando estábamos solos. Las paredes también oyen, me repetía ella con sus ojos ahora casi invisibles. Yo presentía que algo extraño y misterioso se había instalado en nuestra casa, como si muchos peligros nos acecharan de ahí en adelante.
               Mi madre se fue encerrando más en sus secretos y empezó a perseguirme e interrogarme sobre todos mis movimientos: que si me estaba yendo bien en el colegio. Que si planeaba salir el sábado por la tarde. Que con quién. Que si tomaba cerveza... En fin, fueron tantas las preguntas y recomendaciones que me volvían loco y me daban ganas de desparecer yo también. Eran los tiempos del toque de queda y tenía que llegar a casa mucho antes de las diez, incluso en los veranos, con tanto calor como hacía para encerrarse entre cuatro paredes.
               Al terminar la secundaria yo estaba algo más enterado acerca de algunos sucesos ocurridos en el país en los años anteriores, y la imagen del tío Raúl se había convertido en mi más nítida obsesión. Tenía que saber la verdad que motivó su alejamiento. No podía haberme abandonado sin siquiera despedirse. Jamás iba a creer eso. Al fin y al cabo, fue el único ‘padre’ que tuve, el hombre que me enseñó que la alegría no es pecado y sobre todo, el que me amaba como si de verdad fuera su hijo.
               Cuando entré al Politécnico, mi madre y yo nos habíamos distanciado tanto que sólo ansiaba escapar de casa para siempre. Me las ingenié para postular a una sede de provincia y así emigré a Temuco. Mamá me despidió sin lágrimas y con una maleta llena de ropa abrigadora, toda de lana, tejida por ella misma, desde las calcetas hasta el gorro pasamontañas. Agradecí ese gesto que me protegió un poco del frío y otro poco de lo demás, de eso de lo cual no puedo hablar. En especial, del gorro pasamontañas.
               Mamá y yo nos escribíamos de vez en cuando. Sus cartas eran todas muy parecidas: preguntas, consejos, avisos de remesas o encomiendas, un abrazo y un beso y variadas instruciones para curarlo todo, desde pulmonías hasta sabañones; las mías, más lacónicas, agradecían los envíos, comentaban los altibajos climáticos, y luego introducía algunas respuestas vagas sobre mis notas y mi vida en la pensión para estudiantes, y de vuelta, más abrazos. ¿Qué otras cosas podría contarle? Mamá se había quedado pegada en el mundo de mi infancia, el lejano mundo del tío Raúl y de los paseos al Arrayán y al Cajón del Maipo.
               Al terminar los estudios me quedé en el sur, aunque mamá me rogaba que volviera. Necesitaba participar de mis éxitos, conocer a mis amistades, a mis jefes, a mis compañeros, a mis subordinados, a mi novia, a todo ese mundo exitoso que me rodeaba. Al menos eso creía yo que ella creía.
               Por aquella época ya me había involucrado en actividades que de ningún modo podía compartir con ella; había saltado al abordaje de un roquerío inhóspito, a una isla desde donde era muy arriesgado enviar noticias. ¿Con qué fin sacarla de su error? No lo iba a entender ni menos lo aceptaría, con lo temerosa que siempre fue. Tampoco era posible ya cambiar el rumbo de las cosas.
               Hasta que enfermó mamá.
               En el sur me pusieron problemas para viajar a Santiago. Vas a correr riesgos, es muy peligroso que vuelvas, dijeron. Si alguien te reconoce, date por muerto. Pero sus noticias eran cada vez más breves y la letra más temblorosa. Luego recibí una carta larga y alarmante de su vecina del callejón. Me contaba que las manos de mamá se endurecieron, que los ojos le servían poco y que esa misma madrugada se la llevaron de urgencia al San Juan de Dios.

               No me reconoció al principio. Después, con el paso de los días, se fue acostumbrando a verme. Tuve que aprenderla de nuevo: esa tos característica, su ropa afranelada, el pelo ralo y cortito y la voz cada vez más parca. Todo era gris en el hospital. Desde los muros hasta las enfermeras y los médicos. Los más nuevos pasaban guardia con sus delantales impecables y sus conocimientos de libro, tomando concentradas notas en enormes y pálidas fichas. Los más viejos, avanzaban con parsimonia de cama en cama observando con cierta distancia a las enfermas que yacían debajo de sus lentes. Hombres y mujeres jóvenes revoloteaban a su alrededor, todos muy blancos y atentos a las instrucciones que brotaban de la garganta del maestro.
               Por mi parte, yo iba y venía con medicamentos, paquetes de algodón y gasa, té y azúcar, galletas de agua, colonia inglesa, povidona yodada, jeringas desechables, jabón de glicerina, papel higiénico. Los pobres teníamos que colaborar con lo que hiciera falta. Me sentía incómodo, no sabía qué más hacer. Sólo ansiaba irme pronto al sur, pero los médicos sentenciaron que debía quedarme. La situación era grave. No dijeron más.
               Cuando mamá murió, no tuve tiempo de sentir lástima de mí.  Había tanto qué resolver.

               La llave cruje en la cerradura que se niega a ceder. El viento ha espantado a las pocas mujeres que deambulaban por la calle. Todas estarán adentro secando ropa al abrigo de la estufa a parafina. El frío se ha mezclado con la oscuridad, pero el hombre sigue en el rellano, como si fuera posible cobijarse de la intemperie. Continúa tratando de abrir una puerta que no lo reconoce.
               Después de toda una vida siente de nuevo la comezón. Más intensa a cada minuto que pasa. Y de golpe, todo el miedo y la indefensión del niño despojado, se hace presente con su carga de angustia, que ingenuamente había creído sepultada. No puede impedir que las lágrimas suban, bajen, se le atasquen en la garganta, en el pecho, le corran por las venas. Su cabeza zumba y una plancha de plomo se le pega a la frente, se ahoga, el infarto acecha, abre la boca y por más que trata, el oxígeno se niega a socorrerlo. Boqueando se derrumba en el umbral de su antigua casa, de su actual propiedad, de su futuro hogar, de la posible solución a todos sus enigmas.
                Ya no alcanza a distinguir entre la negrura de la calle y la de su mente, pero le parece que un viejo automóvil se detiene a cierta distancia. Un hombre corpulento baja sin apuro; camina evitando pisar las junturas de los pastelones que encementan la vereda, como si repitiera un ritual olvidado, un juego de niños. A medio metro de distancia, la figura le parece vagamente familiar y ahora sí, logra respirar con facilidad, por fin se siente aliviado. Alza con esfuerzo su brazo izquierdo, el que aferra la llave con sus dedos; el tío Raúl, seguro, abrirá la puerta como siempre, sin la menor dificultad.
              
               La vecina del callejón despertó sobresaltada por los tres disparos. Miró el televisor encendido: ya habían terminado las películas, tenía que ser muy tarde. Se arrebujó bajo las frazadas pensando que los asaltos son ahora el pan de cada día, pero ninguno de sus vecinos estaría tan loco como para atreverse a andar por las calles a esa hora. Debe ser un ajuste de cuentas entre maleantes, total, ellos sabrán lo que hacen, se consoló, volviendo a sumergirse en la reconfortante nube algodonosa de la inconsciencia.