31.5.16

CREPUSCULAR

Porque el lenguaje no basta es que trepo inútilmente hasta sus ojos.  Ese silencio se me pega en la ropa, me estrangula, me cuelga como harapos. Y mi carne se estremece entre su espacio y el mío.  Intento decir, pero no alcanzo.  La sopa azul de su cigarrillo merodea por el cuarto, restregándose en su piel, en mis cabellos.  Los objetos se difuminan y se alargan corno el humo.  Observo su figura muy derecha sobre la mecedora al lado de la cama.  Usted parece dirigir una orquesta invisible desde su posición junto a la ventana apenas entreabierta.
Los pesados cortinajes de terciopelo granate ahogan el murmullo de la calle.  Me dirijo    al velador lleno de frasquitos de diversos tamaños y, en silencio, cojo el de la etiqueta azul, saco una píldora y se la entrego junto al vaso de agua fresca que he traído.
Usted nada dice, se traga la píldora y me devuelve el vaso que coloco sobre la repisa de los muebles antiguos, inútiles testigos de su vida pasada.  El gato echado a sus pies ronronea con un fragor satisfecho ante 1a lumbre de la estufa encendida al centro de 1a habitación.  Desde el muro, el reloj da seis campanadas y la oscuridad invernal moja de sombras el cuarto. ¡Qué importa!, dice usted. Pero usted raras veces dice algo y tengo que adivinar los finos hilos de su mente.  La noche se alarga quieta, senescente. Voy hacia el balcón y comienzo a estirar las cortinas.  Usted ladea la cabeza como siguiéndome.  Continúa expeliendo el humo con ese gesto irónico, casi agotado de sus labios.
Miro hacia la noche allá afuera y maquinalmente enciendo la lámpara que está sobre el velador, como si su fulgor pudiese crear una atmósfera nueva entre nosotros.  Usted apaga el cigarrillo y extiende sus manos nerviosas sobre las rodillas. ¡Cómo quisiera que me hablara! Pero usted nunca dice nada que no sea estrictamente necesario. Yo sé que me observa desde sus laberintos interiores, con esos ojos secos, con esos ojos descoyuntados que no dicen.
Me muevo por el cuarto por parecer ocupada. Arreglo su mesa de noche, ordeno los frasquitos según los horarios en que usted debe tomar sus medicamentos. Vuelvo al piso bajo por más agua para llenar el vaso.  Subo rápido las escaleras y lo coloco junto a los frascos.  Usted no se ha movido.  Su silueta es una sombra plana delante de la lámpara. Abro su cama y lo observo.  Usted también me observa desde muy adentro.  Sabe que me hace daño; me roba la alegría que traigo cada mañana desde la calle, porque afuera todo es diferente.  Cuando entro, se apaga el mundo entero y en el silencio me voy hundiendo, hermanada también en su ceguera.






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