CRÍTICA

REVISTA CHILENA DE LITERATURA N° 24, 1984

II NOTAS

LA POESÍA DE ALEJANDRA BASUALTO:
UN VIAJE DE REGRESO
Ana María Cuneo

“los mitos sólo se convierten en símbolos cuando
llega el tiempo de los poetas…”
(Georges Gusdorf)

Los poemas de El agua que me cerca 1 entregan en una primera instancia una mirada alerta, escudriñadora de la realidad, mirada que se describe a sí misma no como mero registro, sino interpretando:

“y yo, desde mi punto de vista, 2
me puse a observar el brote de las plumas”

dice el hablante en “La verdadera historia de Joaquín Mira”. Este interpretar es investido de una calidad de verdad mayor que la de la historia, porque es en el poema en el que reside la “verdadera historia” de Joaquín Mira. El suceso narrado pierde su sustentación de verdad en la referencialidad para substanciarse en las imágenes de un sueño que cuando quiere ser cogido “sólo alcancé a ver que se perdía”. Lo que el personaje construye en el sueño son

            “cercas amarillas alrededor de los peces,
            pero éstos jamás entendieron
            el sencillo calor del amarillo”

La mirada que se desplaza va construyendo el mundo lírico de la obra. Este mundo es resultado de un dinámico ojo que registra la realidad externa, anécdota, mundos interiores, etc… Ojo inestable, no siempre el mismo; y, cuyo punto de vista es también variable. Con gran versatilidad se instala en lugares diversos adquiriendo una multiplicidad de características.  Desde “terribles ojos” de caballos que horadan postigos, ojos desde los cuales el hablante se siente mirado (Guayacán), a los ojos del hombre que no sabe hacia dónde va con su “mirada de ciego” (Fuera de estación), a ojos que no están, “vueltos” (Pájaros), o “nuevos” (Elegía), “un ojo recién descubierto mira hacia otras ventanas” (Ventanas), “cerrados” “de amapolas diminutas” (Puerto).
           
La mirada, la posibilidad de ver se despliega tautológicamente en otras formas lexicales a lo largo del libro tales como: párpados, ventanas, vitrinas, espejismos, percibir, etc…; y polarmente en tinieblas, ceguera, desapariciones, sombra, oscuridad. El acto de mirar sirve, incluso para denominar la identidad del personaje Joaquín Mira.

Un hablante abierto, por tanto, a las percepciones del mundo externo y de su interioridad. De este hecho no se sigue una poesía de correlatos reales, sino de la apertura a un mundo mágico. Lo percibido son cosas misteriosas, restos conservados en lo profundo de una memoria ancestral o personal:

            “pero a veces, debajo de las sombras,
            vuelvo a encontrar aquel antiguo miedo”  (Guayacán)
            “es puerta agazapada en tu semilla
            volando hacia el jardín de las manzanas”  (Lluvia)
            “perdidos follajes
            donde el humo libera desteñidos fantasmas”  (Fuera de estación)

            “suelo anochecerme
            para regresar a las márgenes prohibidas
            …………………………..
ciertas sombras me palpan el hombro”  (Marzo)
“en mi casa me ha dejado
vikingos de contrabando”  (Abuelo)

En el poema “Fantasmas de Nueva Inglaterra” se desmitifica a las brujas de Salem, pero a pesar de la ironía de la expresión: “ya no queda ni una sola bruja” la evocación de dichos seres está cargada de la nostalgia que despiertan en el hablante.

Apuntan también a la presencia de lo mágico: “Quedan signos subterráneos en el muro” (El mensajero), “Al que yace trizado en su leyenda” (Electra), “la negra masa de los siglos sobre la frente (…) atisbando por los agujeros” (San Pedro de Atacama), “los insectos han perdido la memoria” (Ventana), “delegando al humo / las viejas señales” (Paisaje), “viejos inventos” (Elegía), “Pájaros de dónde / Tal vez despojos de ciertos ángeles / caídos de la secreta casa” (Pájaros). “A espaldas del muro mis manos anidan / inútiles desapariciones / ecos de pájaros que vienen en círculos / a desalojar el gran sueño” (A espaldas del muro). Presencia de lo mágico, pero configurado con rasgos que deniegan la posible instalación del hablante en dicho ámbito. Lo mágico como algo perdido, como intento frustrado.

En el poema “Marzo, se explicita el recorrido por mundos fantasmales. Se habla de regresar a las márgenes prohibidas, en donde un viento desconocido para el hablante bate los muros devastados; y, en donde:

“cada árbol cobija su propio fantasma desmesurado
Sobre las hojas que serán pájaros por última vez” 

Lo aparentemente anecdótico o lo descriptivo se torna cosa hecha, creada. No es algo que surge de la nada, sino que emerge de lo profundo del inconsciente humano:

Madre, me has hecho extranjero
Y dentro de mi cabeza
Una enorme roca crece (Orestes)

Toda objetividad poemática tiene en este libro un trasfondo: todo ha sido sometido a un procesamiento y cada nuevo objeto arrastra los rasgos de aquello a lo que en tiempos remotos estuvo unido. La nueva creatura se substancia, en consecuencia, en metáforas imposibles que se reiteran en forma constante. Es un ojo que se adentra en el propio ser del hablante y en la tradición en la cual se encuentra inmerso, escudriñando, desplegando misterios y mitos que los hombres desde siempre arrastramos y que en última instancia son lo que nos sustenta.

Observemos brevemente las constancias que hemos destacado en el poema “Guayacán”. Desde el presente explicitado como tal en las estrofas primera y última, se despliega el pasado de la niñez con sus revelaciones maravillosas y sus miedos. Un pasado que transcurre hacia el olvido ocultándose en la oscuridad y bajo el polvo. Pese a ello, ese pasado deja huella en el ahora, puesto que el hablante “sabía –y sé– que los piratas van “tras la luz escondida”, que un jinete sombrío desvelaba al niño y sembraba en el viento (en este ser cuya entidad consiste igual que la del tiempo en pasar), signos que “en la niñez las penumbras recogen”.

Lo que ha persistido es lo mágico. La voz que habla en el poema da cuenta de una extraordinaria percepción de los mundos interiores y la entrega en una sintética explicitación que evidencia un oficio notable de la conciencia estructurante de estos poemas. Esta sabiduría poética nos sorprende, si pensamos en el escaso número de poemas publicados hasta el momento por Alejandra Basualto.

La presencia de lo mágico en “Guayacán” no redime el pasado, pero lo carga de una fuerza extraordinaria. Tampoco redime el presente del hablante ya que los días del hoy surgen como “diseminados /por nueva servidumbre”. El hoy está regido por ”otra luna” que esparce las cenizas del pasado. Las revelaciones del pasado tuvieron en la conciencia del niño un carácter ambivalente ya que son marcadas con notas positivas, pero se dan en una atmósfera de miedo. Los caballos tienen ojos terribles, siente la respiración de ellos en su almohada, el jinete es sombrío, desvela, los piratas rondan.

Paralelamente los piratas buscan la luz y el niño encuentra en la palma de su mano
“el perfume de diez mil estrellas” y “su mitad de tierra”. Es decir, al niño una vez pasada su prueba, le era dada su propia luz en estrellas y su día que inunda el hemisferio.

En el hoy del adulto escribiente, lo maravilloso se le oculta, pero algo de ello persiste en la presencia de los antiguos miedos que acompañaban a las revelaciones. Así, la última estrofa:

            Las madrugadas son ahora silenciosas,
            los árboles dialogan en secreto;
            pero a veces, debajo de las sombras,
            vuelvo a encontrar aquel antiguo miedo.

También “Lluvia”, el segundo poema, es un viaje de interiorización, un viaje hacia mundos recónditos. Mundo en el cual la estación es de “nunca más”, donde la semilla no apunta a su despliegue, sino que se agazapa. Mundo ingrávido de vuelo “hacia el jardín de las manzanas / es el roce de unos dedos en el agua”. Mundo de ocultamiento al interior de su “arca flotante”. El tiempo externo se transforma en tiempo de “regreso dentro de nosotros”, en tiempo de adentramiento hacia la mismidad.

En “Elegía”, la muerte es un regreso definitivo, una vuelta a un ámbito atemporal. Ámbito que no representa en modo alguno la llegada a lo que se espera, sino a la inversa es la certeza de que la pérdida es definitiva. Lo perdido es la presencia de aquel que tuvo en el pasado el poder de trastrocar lo real y transformarlo en una realidad insólita o inventada. La presencia del tópico del Ubi sunt y la ironía con que se lo ha desplegado en el poema desmitifican y cotidianizan el “otro mundo” aludido por las palabras del texto

            Dónde han ido los gentiles caballeros
            de narices prominentes
            y bastones
            y relojes con cadena
            Dónde las coquetas damas
            exuberantes y redondas
            Dónde los imprescindibles calcetines
quizá enredados en follajes de otro mundo
colgando a la luz de la luna.

El tratamiento que se ha dado al tópico evidencia un procedimiento típico de la antipoesía: hace necesario leer dos textos paralelos al mismo tiempo, uno de los cuales se constituye en contratexto del otro. El resultado de la confluencia destruye la vigencia del tópico sin instaurar en su lugar cosa alguna que llenara el vacío, con lo cual se intensifica al máximo.

También en la línea de la conjunción de lo mágico y la desacralización está el poema “Abuelo”. Un poema que por su lograda condensación da cuenta de un dominio notable en el quehacer poético. Con breves pinceladas se abre magistralmente el mundo del norte europeo, los fantasmas de la infancia y el contenido de la memoria ancestral. Un abuelo nórdico que pobló el mundo del niño y que persiste en el adulto:

me sonríe desde el muro
sabe que en mi casa me ha dejado
vikingos de contrabando

Despojados los vikingos de sus aspectos heroicos se transforman en una especie de mito doméstico, de magia familiar.

La desacralización es un rasgo reiterado en el arte de nuestro tiempo y también una marca en la poesía de Alejandra Basualto. Hay, incluso, un poema cuyo título es “Rito” en el cual explícitamente se apunta al reemplazo de los ritos tradicionales por un gesto particular carente de toda carga simbólica previa. Un gesto banal cualquiera: el diario ritual doméstico de lavarse los dientes. En un lugar que no es santo, no es lugar de iluminación o revelación, sino al contrario: en la niebla que impide ver, que confunde, cuyo consistir es evanescente y cuya presencia desrealiza los objetos que cubre haciéndolos a su vez perder corporeidad.

y no hallaré mejor templo que la niebla
tergiversadora de lápidas

y no habrá “mejores ritos” que

            lanzar mi cepillo de dientes
            sobre las aguas de González Bay

Es por medio de la palabra “mejor” que el hablante lírico en una síntesis cargada de sentido enuncia su acto rebelde y funda un gesto destructor. Un gesto que deniega los rituales que han acompañado y dado sentido a la vida humana. Si para el hombre actual es el cepillo de dientes, para los primitivos pudo serlo el fuego, las iniciaciones, o el contacto con sus dioses en los lugares santos (“templos”).

El plural de la palabra ”mejor” en el último verso (“Tampoco mejores”), universaliza la afirmación que denigra los antiguos gestos. Los gestos del contacto con lo todo otro, con lo que trasciende al hombre, y lo instala, en cambio, en un ámbito restringidamente humano.

Sin embargo, es innegable que esta desmitificación se da en el hablante unida a una fuerte nostalgia. Más que rebelión hay en el poema desesperanza manifiesta a través de palabras como: “viejo cementerio”, “espaldas”, “invierno”, “tergiversadora” y, especialmente la aseveración “no hallaré”.

La elección del lugar en que se produce el gesto ritual es una bahía real en Canadá, por tanto, no lugar mítico. Forzando un poco el texto podría afirmarse  que “González Bay”, atrae, sin embargo, una cierta pérdida de identidad por el reiterado uso de este patronímico.

Antes de concluir nuestro comentario, nos parece indispensable destacar una nueva marca textual, probablemente la más notable de esta voz lírica: el dinamismo interno presente en la construcción de estos poemas. Este fenómeno se manifiesta fundamentalmente en los niveles morfológico y semántico y da cuenta de la fuerte unidad de estos poemas. A modo de ejemplo, observemos el poema “Fuera de estación”.
El poema se abre con los versos

Una niebla de cenizas baña los cerrojos
en la casa del elefante y el gato egipcio

Niebla y ceniza prefiguran al hombre que “no sabe a dónde va” del verso que clausura el poema. Pero en fuerte contraste, desde esta niebla se despliega la casa del elefante y del gato egipcio. Ha surgido una situación lúdica que encuentra su cumplimiento en el verso “que duerme sobre el mundo sentado en un tonel”. La tensión que se produce entre dormir sentado en un tonel y dormir al mismo tiempo sobre el mundo, sobredetermina las palabras del texto con un sentido contradictorio que lo torna fuertemente dramático. En la segunda estrofa, “las tablas reverdecen” no sólo porque se ponen verdes por acción de la humedad, sino porque vuelven a su origen, es decir, se devuelven a su antiguo verdor de árboles. Los geranios anidan, pero entre hierros. Lo positivo y lo negativo se aúnan para nuevamente estallar desintegrados ya que los “hierros” son de “raídas estrellas”. Esto acontece en las “verjas oscuras” con lo cual las estrellas cambian polarmente su sentido. “Verjas” reitera a “hierros”, “muros” y “tablas”. “Oscuras” está en la línea de “raídas”, y, a su vez se opone a “reverdecen”. Proceso integrador y desintegrador, tensión constante entre los opuestos, superación de ellos en la unidad.
            La poesía de Alejandra Basualto se despliega no propiamente cercada por el agua como enuncia el título de su libro, sino desde una mirada que recorre la realidad interpretándola.

            Otras noches mis ventanas tejen con ovillos de oro
            breves historias de árboles y viajes
            sobre muelles laberintos de sombra,
y yo juego todos los juegos y luego
me pierdo en ese espacio lento (Ventana)




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1.           Basualto, Alejandra, El agua que me cerca, Santiago de Chile, Poesía / Taller Nueve, 1983.
2.           El subrayado es nuestro.











Gonzalo Millán, Aérea, Revista Hispanoamericana de Poesía, Número 2, Año II, 1998, Santiago de Chile – Buenos Aires – ISSB 07173504.




SOBRE ALTOVALSOL DE ALEJANDRA BASUALTO
Gonzalo Millán

El eco de mi infancia está desafinado
Elías Canetti


Es un hecho sabido y común que la propia infancia puede producir perplejidad en el adulto que la recuerda. Como si no pudiéramos creer desde nuestro invariable tamaño que hubiéramos sido pequeños algún día, como si nos costara aceptar que fuimos una vez inocentes desde nuestra escéptica conciencia actual; como si una incrédula envidia dudara de la inagotable capacidad creativa infantil desde nuestros limitados dones adultos.
Me parece que esta duda sobre la posible o imposible existencia infantil es lo que impulsa los 22 fragmentos que componen este poema de Alejandra Basualto. Vértebras de una columna que se curva sobre sí misma para interrogar el origen de su identidad, retorno al punto de partida para rehacer los primeros pasos, los primeros amigos, viajes y desgarros, las primeras fidelidades y traiciones a la aldea.
Altovalsol es un poema sobre la infancia y por tanto un poema sobre la nostalgia de esa edad prestigiosa desde un hoy adulto. Este es un tema característico de la poesía de tendencia lárica en nuestro país, sin embargo, en este caso, el País de Nunca Jamás no está enclavado en el sur de Chile, como es habitual, sino en el Norte Chico, en el Valle de Elqui, para ser más precisos. Tampoco es una obra de añorador masculino sino femenino, y el ámbito ensoñado de la niñez no se confirma por el contraste con la actual realidad adulta sino que se cuestiona y se pone en tela de juicio desde el presente. El poema vuelve atrás al Valle del Elqui, a ese ámbito que tanta resonancia tiene en la geografía poética de Chile, al valle que es altavoz de la profecía (recordemos el Cristo de Elqui de Nicanor Parra) y garganta de nuestra mayor voz lírica femenina (recordemos el Poema de Chile de Gabriela Mistral). El poema vuelve atrás en busca de pruebas de aquella existencia anterior, regresa a la casa natal a rescatar constancias, pero sólo encuentra ruinas y despojos. El fragmento final concluye que la niña de Altovalsol no existió nunca:
El asunto es / que nadie la recuerda nadie la conoce / nadie la vio nunca / ni siquiera / en fotos de la época.
Entre las piedras y las escasas sombras permanecen intactos solamente los nombres de la tierra y la casa:
La casa se llama Cutún / la tierra se llama Cutún / aún.
Con esta seguridad básica se prosigue la indagación, removiendo la ausencia, pidiendo la asistencia de la incierta memoria para la recuperación de otros vestigios. La existencia de la niña se confunde con la leyenda, con la ronda y el cuento maravilloso, con la intemporalidad mágica. Así en esta búsqueda genealógica encuentra primero su filiación en lo imaginario: “Princesa”. Presunto destino real de acuerdo al infaltable ‘romance familiar’ del psicoanálisis, ya que nuestros verdaderos padres serían reyes, y los padres que los reemplazaron, unos impostores plebeyos. El poema XIII acerca de los gitanos “los gitanos se roban a los niños” entrega en forma tácita la clave de la restitución y el escamoteo. Por otra parte, esta princesa, “prisionera, ciega y muda”, nos remite al verso de la Mistral: “Todas íbamos a ser reinas / de cuatro reinos sobre el mar”.
La figura de la niña es incierta y nebulosa, un espejismo de la distancia y la soledad. Su substancia, si tiene alguna, es precisamente la extrañeza, su aislamiento inaccesible, su absorción en sí misma. Soledad esencial porque los otros, padres y parientes, no aportan pruebas ni testimonios de su existencia. No dejó huellas en memorias ajenas. “Nadie la recuerda”, tampoco nadie la conoció, en el sentido de comprensión.” “Nadie la vio” nunca y ni siquiera la cámara que la retrató es confiable. El poema está acompañado de diez fotografías alteradas electrónicamente mediante un scanner. Esta alteración hace perder a las fotografías el carácter de documentos irrefutables y transforma las imágenes en ilustraciones generales y relativas.
La niñez, parece decir la autora, y aún más, la niñez de una niña, es de una transparencia tal que se vuelve invisible. Pareciera que para los adultos el niño estuviera siempre allí sin estar, presente, pero ignorado e inaccesible. La misma memoria es de una ligereza y delgadez tan extrema que linda con la ilusión y la fantasía, lo cual no está descaminado, porque la verdad de esa niña del Altovalsol, como sucede en toda autobiografía, es absolutamente irrecuperable, a lo más es fantaseable.
            Entonces, lo que nos llegará de ella son retazos, jirones de una vivencia casi perdidos en la lejanía, vislumbres fragmentarios, hilos de un tejido deshecho por el tiempo. El viaje al pasado nos proporciona un puñado de imágenes que no bastan, unos cuantos recuerdos insuficientes, fotografías de época de una niñez anónima e innombrada. Frente a esta individualidad vaga y nebulosa, indistinta, sin figura cierta, se afirma en cambio el fondo, la tierra:
Sólo perdura la tierra / de parto / entre las piedras.
            Sólo perdura y permanece la tierra, todo lo demás es efímero y volátil. Sólo perdura el silencio materno y los nombres que su oquedad cobija:
la casa se llama Cutún / la tierra se llama Cutún / aún.
            Permanece entonces el nombre adherido al lugar, antes que el nombre de la identidad infantil, quedan las toponimias aborígenes y castellanas, dobles, mestizas como la muñeca de dos cabezas, más que los nombres propios de sus habitantes (la niña del Altovalsol carece de nombre y apellido porque, improbable, parece no haber nacido ni muerto nunca). Desapareció su casa natal, desaparecieron sus juguetes, sus compañeros y profesores, sus padres y con parientes distantes, queda sólo en el aire un eco, el eco que es el origen, quizás de la rima, la duplicación de la distancia y el vacío, el remedo de la memorización escolar, representado por consonancias simples de rondas y juegos infantiles. Similar a ese eco, pareciera decir la autora, es la poesía, sombra audible de un cuerpo desaparecido.

Fragmentos de ALTOVALSOL
IV


Ahí mi princesa ciega
dulce pájara sin voz
para mirar
ni cantar

Aletea rumbo a la caricia
rasante risueña
mi niña mi dueña
la princesa
la presa
que me sueña
sentada en aquel tren
mirando pasar los árboles
arracimados
por la
venta
nilla

sola
solita
sola

que la quieren ver
bailar


1954

Es la hora de los espejos
en apretadas trenzas
y el cotidiano traje de cuello marinero.

Cielo bruma
cielo sol
y en el aire un aroma de campanas.

Calle abajo, pies menudos
y arreboles en la punta de las torres.

Viene Gabriela.


X

Quieta
toda ojos y hambre
calambre de niña incauta
ella espera
espera que pasen
los nefastos cumpleaños

Sentada de cinta rosa
curiosa
por más que sueña milagros
sabe que no

Las tías viejas
con sus rebozos
y sus bigotes
y sus pellejos
cubren
sala mesa mejilla
con laboriosos
besos de azúcar
y añejos
chistes
tristes



VII


Pero yo no era la niña de falditas plisadas
Rosario Ferré


Oigo que tu lengua inspira
temerosos resultados  supe
que para mí creaste
un territorio cercado   una glorieta
para tomar el té con mis muñecas
que cambiaste mis besos infantiles
por perfumadas demoiselles de bocas rojas
Decían que tu férrea disciplina
me goteaba por el pecho y las mejillas
clausuraba mi garganta
hasta el silencio   Sé
que yo te amaba
con esta devoción petrificada que sostengo
todavía con mis manos   amuletos
para bienamar

Dicen que me parezco padre tanto a ti




XII

Aburrida
de lavar
peinar
cepillar
perfumar
trenzar
su hermosa cabellera larga y rubia
y
tenderla
ventanabajo
cada
mañana
sin que príncipe alguno se detuviera para trepar por ella

RAPUNCEL
abandonó la torre de su inocencia

Cuando regresó
traía la cabeza llena de piojos

y unos ojos tan abiertos que
abarcaban hasta los confines del reino


XIII

Que los gitanos están armando carpas
dice la María con sus ojos pintados de río
que los gitanos se roban a los niños
dice mama Laura
que los gitanos te ven la suerte en la palma de la mano
que
los
gi
ta
nos

Y las gitanas rubias estiran los brazos al sol vestidas
de arcoiris y ríen y hablan con su lengua al revés y bailan
con pies de ventolera y hacen cantar sus abalorios
en las muñecas en las orejas en el cuello en la cintura
en los tobillos en la cabeza en el pecho en las pestañas
y en el cobre de las pailas
que abren todas las jaulas

Y esa niña
volando sobre las pircas

XIX

No duran
los zapatos  las aficiones
las bolitas  las colecciones
las siembras  las discusiones

ni la muñeca de dos cabezas
la más amada la doble bella
la doncella reina de
lo mestizo
lo partido
lo propio

sólo perdura la tierra
de parto
entre las piedras


XIV


La radio anuncia
malas nuevas

terremoto en Ovalle
y maremoto en Coquimbo
sequía en el valle
y el tizón
que muerde el útero salino de la tierra
para comerse a dentelladas
el corazón
de las papas

De nada sirve
-patrona-
llenar los baldes con esta leche
de vaca recién ordeñada
no ve que ya tiene olor
a leche cortada



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Alejandra Basualto (Rancagua, 1944), Directora del Taller “La Trastienda”, Libros: Los ecos del sol (1970), El agua que me cerca (1983), Las malamadas (1993), Altovalsol (1996). Es también autora de novelas y cuentos. Ha obtenido diversos premios y su obra ha sido traducida al inglés.


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