CRÍTICA





Comentario crítico al libro “Cuchillos”, de Alejandra Basualto

Categoría: Comentarios de Libros

Creado en Domingo, 09 Julio 2017 16:52

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A riesgo de quedarnos en el mismo lugar “habremos de morir”


Por Claudia Vila Molina


Penetrar en este libro implica un viaje hacia diferentes impresiones. Cruza el texto una sensación profunda de abandono, frente a acontecimientos desoladores que nos dejan aislados en un territorio dónde solo somos espectadores: “Ráfagas de asombro descascaran el muro recién encendido” (La sed), “los sueños ven parajes invisibles dibujándose en la herida” ( Partida) y lo único posible es manifestar un diálogo o palabra contra la cual somos de algún modo indestructibles: “prisionero en un pozo husmea su propia sangre” (De vez en cuando), “ectoplasma acurrucado entre las sabanas corta y transfiere de un cuajo los sollozos” ( Partida). Aunque, el hablante intenta rescatar algo de aquello que se destruye y que queda atrás para siempre, no obstante, coloca distancia e indistintamente ese dolor es traspasado con fuerza hacia los lectores que caemos fulminados en un intento que se impone contra el olvido.


Es así como su poética trata de salvar imágenes translúcidas que se van descomponiendo al ritmo de su voz contra todo gesto inútil: “La ruta dice bienvenida aunque sé que no es a mí a mí no es”, “Ni una sola cordillera para amparar los ojos” (Viaje para una despedida) o “Los ojos de quien busca más allá de los sueños/ ven parajes indivisibles amparándose en la herida” (Partida). La sensación de dolor es recurrente en el libro y habla de un sufrimiento que no logra derrumbar al hablante, sino que lo coloca en una posición de perpetua observación ante estos hechos que son ajenos a todo intento de cambio y por esta razón nos es imposible acceder a la salvación.


Inevitablemente, estos poemas son uno que se disuelve frente a sí mismo y es que la imagen de ellos tortura su propia imagen y estéticamente bellos y humanos liberan sus herencias para desgajar algo de las mismas imágenes que nos quieren recorrer. Sin embargo, se reproducen hasta el exilio y son unos u otros quienes transcurren en la mente del lector como una delicada mano que da vuelta una página en la soledad de un dormitorio.


Suceden así las ondulaciones entre los despliegues de la mente que intenta avasallar su forma y contenido. La primera es tan exacta y deliberadamente precisa que siempre ilumina con sus reflejos, aún más allá de la primera lectura y respecto a lo segundo, se aprecia una voz que impone sus esbozos a perpetuidad y enajena a un ser indefenso que no participa de los actos, si bien está afectado intrínsecamente por ellos: “Prisionero de un pozo husmea su propia sangre” (De vez en cuando), “contra la muerte batallo”, “Bach me arrebata la garganta pienso en ti” (Contra la muerte).





También se impone con fuerza la idea de una “otredad” femenina que recorre el libro desde principio a fin, esta se aparece con más énfasis en algunas ocasiones, pero nunca desparece del todo: “Ella corre con colores propios”, “le arranco la ropa para sujetarla, pero ella no se arrepiente” (Ella). Esto manifiesta un constante acercamiento hacia ese otro yo o alter ego que se impone y en cierta forma intenta dominar la figura del hablante, es una constante lucha de una contra la otra para contrarrestar esa sublevación que predomina y que intenta hablar otro idioma: “pero ella no se arrepiente y me mira como si me odiara” (Ella). Un lenguaje contestatario que justamente prepondera sobre el dolor de situaciones caóticas o fuera de control, como lo constituyen las realidades dolorosas como la partida o el término de un ciclo para reencontrar el nuevo modo de sobrevivir frente al derrumbe (que significa dejar cosas atrás) y es que este hablante lírico continuamente se despide de seres, lugares, actos o situaciones que marcan un inicio y un término: “quien te besa hoy / cuando hay silencio/ dónde estás” (Fuego). O más bien dicho, un inicio y una forma de compatibilizar estados para acercarse a una manera de ver las cosas, que sería justamente el término de los ciclos, de sujetos y de situaciones al borde del colapso: “y la mente con sus trampas” (Trampas) o “en tono menor/ luces/ acompañan / este viaje/ (des) esperanzado” (Viaje para una despedida). Desde este punto de vista, el hablante de estos poemas insinúa formas de acceder a la salvación y estas formas anteceden a otras estrategias para estar a salvo (a riesgo de quedarnos en el mismo lugar) “habremos de morir”, porque la vida y la poesía constituyen una constante reinvención para dar paso a situaciones nuevas, caóticas, exasperantes o sin sentido que priman sobre todo lo demás.


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Presentación a “Cuchillos”

Categoría: Comentarios de Libros

Creado en Sábado, 29 Abril 2017 02:26

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Yo no temo a los muertos


que no ha sembrado mi mano.


Alejandra Basualto (Electra 1983)










Era el año 2012 cuando falleció el poeta Miguel Arteche, en pleno invierno. Fue en la tarde de su velorio que nos conocimos con Alejandra, custodiados por amplios muros blancos y el frágil silencio del templo. Tal vez Arteche de eso hubiera estado satisfecho, o quién sabe, tanta fama tuvo de complejo el caballero… Y lo cierto es que con Alejandra nos conoceríamos al año entrante, cuando llegara a sumarme a su taller, en la querida Trastienda. Tal vez historias así llevan a decir a las personas cosas como: “cuando nos conocimos por primera vez”, como si fuera en realidad factible conocer a alguien por segunda vez, además. Lo que sí, es que, desde aquel entonces hasta la fecha, hemos ido armando una amistad cada vez más cordial, por eso es que, también me siento agradecido y sanamente orgulloso de presentar esta nueva entrega poética de Alejandra; sus poemas más recientes o últimos.


Se titula: «Cuchillos», y no en alusión al cubierto que aguarda en la mesa junto del tenedor, la cuchara y el plato (ese mínimo paisaje, de hecho, no figura en este libro). Es más bien un recurso sonoro, una palabra sola que suena con su platería y con su ritmo. A pesar de armar un conjunto reducido en su tamaño, por ser libro delgado como vena, es en realidad más ancho en el porte de los días y los meses en que estuvo escribiéndose, codo a codo con la muerte al decir de Enrique Lihn. Aunque la brevedad de la extensión posee una sintonía con otro aspecto que, de paso, parece hacerle rima: el uso del verso corto y cortísimo en cada zona de estas páginas. Esto, verdaderamente, no es ni invención ni exclusividad de nuestra poeta, pero sí su intensidad introspectiva y al mismo tiempo declaradora de un dolor tan personal y tremendo que toca todos sus límites con lo colectivo: el manto negro del luto que nos ofrece la muerte.


Acompañan a la edición algunos dibujos de presencia ligera; croquis, digamos: una mano, plantas, flores, aunque entre los versos habite otro paisaje, acunado entre “horizontes / de piedra” (p. 24), más en sintonía a la condición estéril, o como dice evocando el poema de T.S. Elliot: “baldía / la tierra” (p. 24). En los de Alejandra, hay versos meticulosamente tallados y detallados, con dolorosa arte poética; paradójicamente sanando en cuanto escrito. A pesar de ser palabras, es decir una porción ajena al cuerpo, no lo son a la vida, que, a pesar de ser tan amplia y grande, cuando la visita así la muerte, le cambia su color de sueño. Yo leo que, en estos poemas últimos de Alejandra, ese cambio es legible al contraste con gran parte de su obra en verso escrita antes, desde “El agua que me cerca” (1984) a “Las malamadas” (1993) y también su “Casa de citas” (2000), pues ahora brilla aquí un oscuro dolor que en anteriores plazos de vida no tuvo tal relumbre en la altura de la voz; encima organizando el conjunto con gran pericia y sentido constructivo: con justicia un libro.


Llevar a cabo esa arquitectura conceptual del poemario, lo permiten las palabras obtenidas a través de un sentido rito: las traducciones de unos susurros que, de íntimos, miden el dolor que sangra su extensión singular de forma irrepetible, cuando se siente: “el / corazón / en / un / corset / con / muchas / amarras” (p. 15). Se trata de la voz de un dolor cuya raíz arde en el morir de nuestros difuntos, en palabras de Alejandra: “mis muertos amados”, a quienes les está dedicado este conjunto elegiaco y agudo, como un sencillo y desesperado mensaje… Claro, porque los dolores invocan una suerte de tortura, como un martillar agazapado y sin sonar, en donde “El martillo / es una boca / una mano / un respirar / sin nombre” (pp. 33-34), confiesan las palabras de la poeta, atravesando lagunas interiores como inmensos aires de sanación ilusoria y honesta: toda una descripción del estado de los materiales del alma. Y todavía así, en lejana orilla del más secreto corazón, la pregunta humana y radical permanece con sus mil ojos abiertos: “dónde estás” (p. 37, en el poema titulado “Fuego”). Aquí y por otras partes del conjunto, la autora integra los signos de interrogación y de exclamación a las palabras mismas; no precisa evidenciarlos. Ni tampoco los signos de puntuación.


Acaso por ayuda de eso mismo es que son cruzados de un ritmo eléctrico los aires de estos dieciséis poemas. Y esa virtud no brota de por sí simplemente cuando el verso se ve reducido a la extensión de una palabra sola. De hecho, no ocurre en montones de las odas del Neruda de mediados de siglo. Acá, Alejandra, hace un ritmo a la vez cortado y directo que la sintaxis obliga, diferenciándose de otros cultores del verso breve –como Cecilia Casanova–, quebrando y torciendo, pero en dirección precisa a un secreto fondo que toca e inocula en un relámpago, como si en la imagen de un negativo fotográfico: herida del poema impreso: “despojo / cadencia / deshielo / cadena” (p. 24), en el decir de la autora. Si es por mencionar una filiación poética, mencionaría a Gonzalo Rojas, por el poema titulado “Contra la muerte” (p. 21) y ese “carbón de la infancia” (p. 38) que aparece en “El ojo izquierdo” (p. 38).


El lector traza o trepa, como puede, estas heridas escritas en idioma español, libro adentro. Es gracias al defecto inherente de exhibirse en la página, por impresos, que los poemas lucen como –pero sólo como– cuchillos: con lo vertical del alto abajo de la página alargada y clara como antebrazo femenino o nube o pétalo. Estos poemas como cortes por estar arrojados a una verticalidad que también tiene la indagación que hace el cuchillo, cuando en su búsqueda rasga y corta y hiere. Si acaso en lo hondo guardamos estos sentimientos sinceros, acaso los únicos que no es dado negar, el cuchillo tampoco pueda herirlos más que siendo sinónimo o semejanza, mientras otro dolor es el multiplicado, dice la poeta: “es solo / sangre / herida / despojo / y tanto / desamparo” (p. 34). Percibo que en eso radica el título del libro…


Esa verticalidad que tiene el cubierto posee un sinuoso eco en la forma de la carretera, además. La misma que dibujamos en la mente al leer el poema que nos introduce al libro: “Viaje para una despedida” (pp. 11-15). Se trata de un traslado de horas largas como heridas recientes, donde el paisaje se ofrece como un telón de fondo propicio a esta desolación inédita e insidiosa que “engulle / los kilómetros” (p. 13). Aquel poema, como el último, están levemente desmarcados del centro del libro que está armado como una nueva sección. Y aquella está entregada, como un mensaje u ofrenda “A Lucho” (dedicatoria todavía más profunda e íntima que la inicial). Esta zona intermedia del libro, a su vez, congrega dos secciones apenas separadas por un dibujo floral, tal es el grueso del libro, como vena: por donde un ángel “bucea / en / las / penumbras” (p. 30). Y la penumbra tiene color de luto y tiene color de noche, como en los poemas “Cuadrado” (p. 25) y “La noche” (p. 26), precisamente, ambos en esa zona central. (Llama la atención que en la portada aparezca, al costado del retrato, un negro cuadrado, como un vaso comunicante con una de las profundidades del libro).


El Presente es el difícil tiempo que dura en estos poemas. Ese tiempo que casi nunca es pausa ni detención, como sí pueden serlo a veces, o demasiadas veces, ciertos recuerdos; el Presente nada más existe durando... El poema “La sed” (p. 29), sin aspavientos lo invoca: “vejez” (p. 29), dispuesta verticalmente, de hecho, es la única palabra del libro, junto a la del título mismo, que va ubicada de esa forma, lo que obviamente le concede una relevancia en el conjunto. Además, aquel estado del tiempo es también señalado cuando el libro parte, pues se indica un dato de la realidad, aunque casi en la forma de una advertencia: “atardece” (p. 11). Así, en el tiempo de la vida, vejez y atardecer pudieran operar como iguales.


En fin, se trata de un conjunto orgánico y coherente, rasgos que le vienen también a razón del arco que tiene en la tensión de inicio a fin, llevando al lector como en una embarcación por sus negras aguas, domando con el arte del remo: la palabra del verso con su noche arriba. A partir de esto es que se percibe la tónica de “lo último”, “lo final” y “lo fatal”. Junto de un paso desde lo claro hacia lo oscuro, un poco como las tapas del libro: una xilografía enmarcada de color blanco y de sagaz herida, mientras que en la contratapa duran los numerosos anillos y surcos del tronco de un árbol en una fotografía, de tono oscuro, evocando la madera en que se tallaran imágenes… En estos poemas es también de esa forma: la invitación es a leerlos y releerlos.


Felipe Eugenio Poblete Rivera


Viña del Mar y otoño 2017

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REVISTA CHILENA DE LITERATURA N° 24, 1984

II NOTAS

LA POESÍA DE ALEJANDRA BASUALTO:
UN VIAJE DE REGRESO
Ana María Cuneo

“los mitos sólo se convierten en símbolos cuando
llega el tiempo de los poetas…”
(Georges Gusdorf)

Los poemas de El agua que me cerca 1 entregan en una primera instancia una mirada alerta, escudriñadora de la realidad, mirada que se describe a sí misma no como mero registro, sino interpretando:

“y yo, desde mi punto de vista, 2
me puse a observar el brote de las plumas”

dice el hablante en “La verdadera historia de Joaquín Mira”. Este interpretar es investido de una calidad de verdad mayor que la de la historia, porque es en el poema en el que reside la “verdadera historia” de Joaquín Mira. El suceso narrado pierde su sustentación de verdad en la referencialidad para substanciarse en las imágenes de un sueño que cuando quiere ser cogido “sólo alcancé a ver que se perdía”. Lo que el personaje construye en el sueño son

            “cercas amarillas alrededor de los peces,
            pero éstos jamás entendieron
            el sencillo calor del amarillo”

La mirada que se desplaza va construyendo el mundo lírico de la obra. Este mundo es resultado de un dinámico ojo que registra la realidad externa, anécdota, mundos interiores, etc… Ojo inestable, no siempre el mismo; y, cuyo punto de vista es también variable. Con gran versatilidad se instala en lugares diversos adquiriendo una multiplicidad de características.  Desde “terribles ojos” de caballos que horadan postigos, ojos desde los cuales el hablante se siente mirado (Guayacán), a los ojos del hombre que no sabe hacia dónde va con su “mirada de ciego” (Fuera de estación), a ojos que no están, “vueltos” (Pájaros), o “nuevos” (Elegía), “un ojo recién descubierto mira hacia otras ventanas” (Ventanas), “cerrados” “de amapolas diminutas” (Puerto).
           
La mirada, la posibilidad de ver se despliega tautológicamente en otras formas lexicales a lo largo del libro tales como: párpados, ventanas, vitrinas, espejismos, percibir, etc…; y polarmente en tinieblas, ceguera, desapariciones, sombra, oscuridad. El acto de mirar sirve, incluso para denominar la identidad del personaje Joaquín Mira.

Un hablante abierto, por tanto, a las percepciones del mundo externo y de su interioridad. De este hecho no se sigue una poesía de correlatos reales, sino de la apertura a un mundo mágico. Lo percibido son cosas misteriosas, restos conservados en lo profundo de una memoria ancestral o personal:

            “pero a veces, debajo de las sombras,
            vuelvo a encontrar aquel antiguo miedo”  (Guayacán)
            “es puerta agazapada en tu semilla
            volando hacia el jardín de las manzanas”  (Lluvia)
            “perdidos follajes
            donde el humo libera desteñidos fantasmas”  (Fuera de estación)

            “suelo anochecerme
            para regresar a las márgenes prohibidas
            …………………………..
ciertas sombras me palpan el hombro”  (Marzo)
“en mi casa me ha dejado
vikingos de contrabando”  (Abuelo)

En el poema “Fantasmas de Nueva Inglaterra” se desmitifica a las brujas de Salem, pero a pesar de la ironía de la expresión: “ya no queda ni una sola bruja” la evocación de dichos seres está cargada de la nostalgia que despiertan en el hablante.

Apuntan también a la presencia de lo mágico: “Quedan signos subterráneos en el muro” (El mensajero), “Al que yace trizado en su leyenda” (Electra), “la negra masa de los siglos sobre la frente (…) atisbando por los agujeros” (San Pedro de Atacama), “los insectos han perdido la memoria” (Ventana), “delegando al humo / las viejas señales” (Paisaje), “viejos inventos” (Elegía), “Pájaros de dónde / Tal vez despojos de ciertos ángeles / caídos de la secreta casa” (Pájaros). “A espaldas del muro mis manos anidan / inútiles desapariciones / ecos de pájaros que vienen en círculos / a desalojar el gran sueño” (A espaldas del muro). Presencia de lo mágico, pero configurado con rasgos que deniegan la posible instalación del hablante en dicho ámbito. Lo mágico como algo perdido, como intento frustrado.

En el poema “Marzo, se explicita el recorrido por mundos fantasmales. Se habla de regresar a las márgenes prohibidas, en donde un viento desconocido para el hablante bate los muros devastados; y, en donde:

“cada árbol cobija su propio fantasma desmesurado
Sobre las hojas que serán pájaros por última vez” 

Lo aparentemente anecdótico o lo descriptivo se torna cosa hecha, creada. No es algo que surge de la nada, sino que emerge de lo profundo del inconsciente humano:

Madre, me has hecho extranjero
Y dentro de mi cabeza
Una enorme roca crece (Orestes)

Toda objetividad poemática tiene en este libro un trasfondo: todo ha sido sometido a un procesamiento y cada nuevo objeto arrastra los rasgos de aquello a lo que en tiempos remotos estuvo unido. La nueva creatura se substancia, en consecuencia, en metáforas imposibles que se reiteran en forma constante. Es un ojo que se adentra en el propio ser del hablante y en la tradición en la cual se encuentra inmerso, escudriñando, desplegando misterios y mitos que los hombres desde siempre arrastramos y que en última instancia son lo que nos sustenta.

Observemos brevemente las constancias que hemos destacado en el poema “Guayacán”. Desde el presente explicitado como tal en las estrofas primera y última, se despliega el pasado de la niñez con sus revelaciones maravillosas y sus miedos. Un pasado que transcurre hacia el olvido ocultándose en la oscuridad y bajo el polvo. Pese a ello, ese pasado deja huella en el ahora, puesto que el hablante “sabía –y sé– que los piratas van “tras la luz escondida”, que un jinete sombrío desvelaba al niño y sembraba en el viento (en este ser cuya entidad consiste igual que la del tiempo en pasar), signos que “en la niñez las penumbras recogen”.

Lo que ha persistido es lo mágico. La voz que habla en el poema da cuenta de una extraordinaria percepción de los mundos interiores y la entrega en una sintética explicitación que evidencia un oficio notable de la conciencia estructurante de estos poemas. Esta sabiduría poética nos sorprende, si pensamos en el escaso número de poemas publicados hasta el momento por Alejandra Basualto.

La presencia de lo mágico en “Guayacán” no redime el pasado, pero lo carga de una fuerza extraordinaria. Tampoco redime el presente del hablante ya que los días del hoy surgen como “diseminados /por nueva servidumbre”. El hoy está regido por ”otra luna” que esparce las cenizas del pasado. Las revelaciones del pasado tuvieron en la conciencia del niño un carácter ambivalente ya que son marcadas con notas positivas, pero se dan en una atmósfera de miedo. Los caballos tienen ojos terribles, siente la respiración de ellos en su almohada, el jinete es sombrío, desvela, los piratas rondan.

Paralelamente los piratas buscan la luz y el niño encuentra en la palma de su mano
“el perfume de diez mil estrellas” y “su mitad de tierra”. Es decir, al niño una vez pasada su prueba, le era dada su propia luz en estrellas y su día que inunda el hemisferio.

En el hoy del adulto escribiente, lo maravilloso se le oculta, pero algo de ello persiste en la presencia de los antiguos miedos que acompañaban a las revelaciones. Así, la última estrofa:

            Las madrugadas son ahora silenciosas,
            los árboles dialogan en secreto;
            pero a veces, debajo de las sombras,
            vuelvo a encontrar aquel antiguo miedo.

También “Lluvia”, el segundo poema, es un viaje de interiorización, un viaje hacia mundos recónditos. Mundo en el cual la estación es de “nunca más”, donde la semilla no apunta a su despliegue, sino que se agazapa. Mundo ingrávido de vuelo “hacia el jardín de las manzanas / es el roce de unos dedos en el agua”. Mundo de ocultamiento al interior de su “arca flotante”. El tiempo externo se transforma en tiempo de “regreso dentro de nosotros”, en tiempo de adentramiento hacia la mismidad.

En “Elegía”, la muerte es un regreso definitivo, una vuelta a un ámbito atemporal. Ámbito que no representa en modo alguno la llegada a lo que se espera, sino a la inversa es la certeza de que la pérdida es definitiva. Lo perdido es la presencia de aquel que tuvo en el pasado el poder de trastrocar lo real y transformarlo en una realidad insólita o inventada. La presencia del tópico del Ubi sunt y la ironía con que se lo ha desplegado en el poema desmitifican y cotidianizan el “otro mundo” aludido por las palabras del texto

            Dónde han ido los gentiles caballeros
            de narices prominentes
            y bastones
            y relojes con cadena
            Dónde las coquetas damas
            exuberantes y redondas
            Dónde los imprescindibles calcetines
quizá enredados en follajes de otro mundo
colgando a la luz de la luna.

El tratamiento que se ha dado al tópico evidencia un procedimiento típico de la antipoesía: hace necesario leer dos textos paralelos al mismo tiempo, uno de los cuales se constituye en contratexto del otro. El resultado de la confluencia destruye la vigencia del tópico sin instaurar en su lugar cosa alguna que llenara el vacío, con lo cual se intensifica al máximo.

También en la línea de la conjunción de lo mágico y la desacralización está el poema “Abuelo”. Un poema que por su lograda condensación da cuenta de un dominio notable en el quehacer poético. Con breves pinceladas se abre magistralmente el mundo del norte europeo, los fantasmas de la infancia y el contenido de la memoria ancestral. Un abuelo nórdico que pobló el mundo del niño y que persiste en el adulto:

me sonríe desde el muro
sabe que en mi casa me ha dejado
vikingos de contrabando

Despojados los vikingos de sus aspectos heroicos se transforman en una especie de mito doméstico, de magia familiar.

La desacralización es un rasgo reiterado en el arte de nuestro tiempo y también una marca en la poesía de Alejandra Basualto. Hay, incluso, un poema cuyo título es “Rito” en el cual explícitamente se apunta al reemplazo de los ritos tradicionales por un gesto particular carente de toda carga simbólica previa. Un gesto banal cualquiera: el diario ritual doméstico de lavarse los dientes. En un lugar que no es santo, no es lugar de iluminación o revelación, sino al contrario: en la niebla que impide ver, que confunde, cuyo consistir es evanescente y cuya presencia desrealiza los objetos que cubre haciéndolos a su vez perder corporeidad.

y no hallaré mejor templo que la niebla
tergiversadora de lápidas

y no habrá “mejores ritos” que

            lanzar mi cepillo de dientes
            sobre las aguas de González Bay

Es por medio de la palabra “mejor” que el hablante lírico en una síntesis cargada de sentido enuncia su acto rebelde y funda un gesto destructor. Un gesto que deniega los rituales que han acompañado y dado sentido a la vida humana. Si para el hombre actual es el cepillo de dientes, para los primitivos pudo serlo el fuego, las iniciaciones, o el contacto con sus dioses en los lugares santos (“templos”).

El plural de la palabra ”mejor” en el último verso (“Tampoco mejores”), universaliza la afirmación que denigra los antiguos gestos. Los gestos del contacto con lo todo otro, con lo que trasciende al hombre, y lo instala, en cambio, en un ámbito restringidamente humano.

Sin embargo, es innegable que esta desmitificación se da en el hablante unida a una fuerte nostalgia. Más que rebelión hay en el poema desesperanza manifiesta a través de palabras como: “viejo cementerio”, “espaldas”, “invierno”, “tergiversadora” y, especialmente la aseveración “no hallaré”.

La elección del lugar en que se produce el gesto ritual es una bahía real en Canadá, por tanto, no lugar mítico. Forzando un poco el texto podría afirmarse  que “González Bay”, atrae, sin embargo, una cierta pérdida de identidad por el reiterado uso de este patronímico.

Antes de concluir nuestro comentario, nos parece indispensable destacar una nueva marca textual, probablemente la más notable de esta voz lírica: el dinamismo interno presente en la construcción de estos poemas. Este fenómeno se manifiesta fundamentalmente en los niveles morfológico y semántico y da cuenta de la fuerte unidad de estos poemas. A modo de ejemplo, observemos el poema “Fuera de estación”.
El poema se abre con los versos

Una niebla de cenizas baña los cerrojos
en la casa del elefante y el gato egipcio

Niebla y ceniza prefiguran al hombre que “no sabe a dónde va” del verso que clausura el poema. Pero en fuerte contraste, desde esta niebla se despliega la casa del elefante y del gato egipcio. Ha surgido una situación lúdica que encuentra su cumplimiento en el verso “que duerme sobre el mundo sentado en un tonel”. La tensión que se produce entre dormir sentado en un tonel y dormir al mismo tiempo sobre el mundo, sobredetermina las palabras del texto con un sentido contradictorio que lo torna fuertemente dramático. En la segunda estrofa, “las tablas reverdecen” no sólo porque se ponen verdes por acción de la humedad, sino porque vuelven a su origen, es decir, se devuelven a su antiguo verdor de árboles. Los geranios anidan, pero entre hierros. Lo positivo y lo negativo se aúnan para nuevamente estallar desintegrados ya que los “hierros” son de “raídas estrellas”. Esto acontece en las “verjas oscuras” con lo cual las estrellas cambian polarmente su sentido. “Verjas” reitera a “hierros”, “muros” y “tablas”. “Oscuras” está en la línea de “raídas”, y, a su vez se opone a “reverdecen”. Proceso integrador y desintegrador, tensión constante entre los opuestos, superación de ellos en la unidad.
            La poesía de Alejandra Basualto se despliega no propiamente cercada por el agua como enuncia el título de su libro, sino desde una mirada que recorre la realidad interpretándola.

            Otras noches mis ventanas tejen con ovillos de oro
            breves historias de árboles y viajes
            sobre muelles laberintos de sombra,
y yo juego todos los juegos y luego
me pierdo en ese espacio lento (Ventana)




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1.           Basualto, Alejandra, El agua que me cerca, Santiago de Chile, Poesía / Taller Nueve, 1983.
2.           El subrayado es nuestro.












Gonzalo Millán, Aérea, Revista Hispanoamericana de Poesía, Número 2, Año II, 1998, Santiago de Chile – Buenos Aires – ISSB 07173504.





SOBRE ALTOVALSOL DE ALEJANDRA BASUALTO
Gonzalo Millán

El eco de mi infancia está desafinado
Elías Canetti


Es un hecho sabido y común que la propia infancia puede producir perplejidad en el adulto que la recuerda. Como si no pudiéramos creer desde nuestro invariable tamaño que hubiéramos sido pequeños algún día, como si nos costara aceptar que fuimos una vez inocentes desde nuestra escéptica conciencia actual; como si una incrédula envidia dudara de la inagotable capacidad creativa infantil desde nuestros limitados dones adultos.
Me parece que esta duda sobre la posible o imposible existencia infantil es lo que impulsa los 22 fragmentos que componen este poema de Alejandra Basualto. Vértebras de una columna que se curva sobre sí misma para interrogar el origen de su identidad, retorno al punto de partida para rehacer los primeros pasos, los primeros amigos, viajes y desgarros, las primeras fidelidades y traiciones a la aldea.
Altovalsol es un poema sobre la infancia y por tanto un poema sobre la nostalgia de esa edad prestigiosa desde un hoy adulto. Este es un tema característico de la poesía de tendencia lárica en nuestro país, sin embargo, en este caso, el País de Nunca Jamás no está enclavado en el sur de Chile, como es habitual, sino en el Norte Chico, en el Valle de Elqui, para ser más precisos. Tampoco es una obra de añorador masculino sino femenino, y el ámbito ensoñado de la niñez no se confirma por el contraste con la actual realidad adulta sino que se cuestiona y se pone en tela de juicio desde el presente. El poema vuelve atrás al Valle del Elqui, a ese ámbito que tanta resonancia tiene en la geografía poética de Chile, al valle que es altavoz de la profecía (recordemos el Cristo de Elqui de Nicanor Parra) y garganta de nuestra mayor voz lírica femenina (recordemos el Poema de Chile de Gabriela Mistral). El poema vuelve atrás en busca de pruebas de aquella existencia anterior, regresa a la casa natal a rescatar constancias, pero sólo encuentra ruinas y despojos. El fragmento final concluye que la niña de Altovalsol no existió nunca:
El asunto es / que nadie la recuerda nadie la conoce / nadie la vio nunca / ni siquiera / en fotos de la época.
Entre las piedras y las escasas sombras permanecen intactos solamente los nombres de la tierra y la casa:
La casa se llama Cutún / la tierra se llama Cutún / aún.
Con esta seguridad básica se prosigue la indagación, removiendo la ausencia, pidiendo la asistencia de la incierta memoria para la recuperación de otros vestigios. La existencia de la niña se confunde con la leyenda, con la ronda y el cuento maravilloso, con la intemporalidad mágica. Así en esta búsqueda genealógica encuentra primero su filiación en lo imaginario: “Princesa”. Presunto destino real de acuerdo al infaltable ‘romance familiar’ del psicoanálisis, ya que nuestros verdaderos padres serían reyes, y los padres que los reemplazaron, unos impostores plebeyos. El poema XIII acerca de los gitanos “los gitanos se roban a los niños” entrega en forma tácita la clave de la restitución y el escamoteo. Por otra parte, esta princesa, “prisionera, ciega y muda”, nos remite al verso de la Mistral: “Todas íbamos a ser reinas / de cuatro reinos sobre el mar”.
La figura de la niña es incierta y nebulosa, un espejismo de la distancia y la soledad. Su substancia, si tiene alguna, es precisamente la extrañeza, su aislamiento inaccesible, su absorción en sí misma. Soledad esencial porque los otros, padres y parientes, no aportan pruebas ni testimonios de su existencia. No dejó huellas en memorias ajenas. “Nadie la recuerda”, tampoco nadie la conoció, en el sentido de comprensión.” “Nadie la vio” nunca y ni siquiera la cámara que la retrató es confiable. El poema está acompañado de diez fotografías alteradas electrónicamente mediante un scanner. Esta alteración hace perder a las fotografías el carácter de documentos irrefutables y transforma las imágenes en ilustraciones generales y relativas.
La niñez, parece decir la autora, y aún más, la niñez de una niña, es de una transparencia tal que se vuelve invisible. Pareciera que para los adultos el niño estuviera siempre allí sin estar, presente, pero ignorado e inaccesible. La misma memoria es de una ligereza y delgadez tan extrema que linda con la ilusión y la fantasía, lo cual no está descaminado, porque la verdad de esa niña del Altovalsol, como sucede en toda autobiografía, es absolutamente irrecuperable, a lo más es fantaseable.
            Entonces, lo que nos llegará de ella son retazos, jirones de una vivencia casi perdidos en la lejanía, vislumbres fragmentarios, hilos de un tejido deshecho por el tiempo. El viaje al pasado nos proporciona un puñado de imágenes que no bastan, unos cuantos recuerdos insuficientes, fotografías de época de una niñez anónima e innombrada. Frente a esta individualidad vaga y nebulosa, indistinta, sin figura cierta, se afirma en cambio el fondo, la tierra:
Sólo perdura la tierra / de parto / entre las piedras.
            Sólo perdura y permanece la tierra, todo lo demás es efímero y volátil. Sólo perdura el silencio materno y los nombres que su oquedad cobija:
la casa se llama Cutún / la tierra se llama Cutún / aún.
            Permanece entonces el nombre adherido al lugar, antes que el nombre de la identidad infantil, quedan las toponimias aborígenes y castellanas, dobles, mestizas como la muñeca de dos cabezas, más que los nombres propios de sus habitantes (la niña del Altovalsol carece de nombre y apellido porque, improbable, parece no haber nacido ni muerto nunca). Desapareció su casa natal, desaparecieron sus juguetes, sus compañeros y profesores, sus padres y con parientes distantes, queda sólo en el aire un eco, el eco que es el origen, quizás de la rima, la duplicación de la distancia y el vacío, el remedo de la memorización escolar, representado por consonancias simples de rondas y juegos infantiles. Similar a ese eco, pareciera decir la autora, es la poesía, sombra audible de un cuerpo desaparecido.

Fragmentos de ALTOVALSOL
IV


Ahí mi princesa ciega
dulce pájara sin voz
para mirar
ni cantar

Aletea rumbo a la caricia
rasante risueña
mi niña mi dueña
la princesa
la presa
que me sueña
sentada en aquel tren
mirando pasar los árboles
arracimados
por la
venta
nilla

sola
solita
sola

que la quieren ver
bailar


1954

Es la hora de los espejos
en apretadas trenzas
y el cotidiano traje de cuello marinero.

Cielo bruma
cielo sol
y en el aire un aroma de campanas.

Calle abajo, pies menudos
y arreboles en la punta de las torres.

Viene Gabriela.


X

Quieta
toda ojos y hambre
calambre de niña incauta
ella espera
espera que pasen
los nefastos cumpleaños

Sentada de cinta rosa
curiosa
por más que sueña milagros
sabe que no

Las tías viejas
con sus rebozos
y sus bigotes
y sus pellejos
cubren
sala mesa mejilla
con laboriosos
besos de azúcar
y añejos
chistes
tristes



VII


Pero yo no era la niña de falditas plisadas
Rosario Ferré


Oigo que tu lengua inspira
temerosos resultados  supe
que para mí creaste
un territorio cercado   una glorieta
para tomar el té con mis muñecas
que cambiaste mis besos infantiles
por perfumadas demoiselles de bocas rojas
Decían que tu férrea disciplina
me goteaba por el pecho y las mejillas
clausuraba mi garganta
hasta el silencio   Sé
que yo te amaba
con esta devoción petrificada que sostengo
todavía con mis manos   amuletos
para bienamar

Dicen que me parezco padre tanto a ti




XII

Aburrida
de lavar
peinar
cepillar
perfumar
trenzar
su hermosa cabellera larga y rubia
y
tenderla
ventanabajo
cada
mañana
sin que príncipe alguno se detuviera para trepar por ella

RAPUNCEL
abandonó la torre de su inocencia

Cuando regresó
traía la cabeza llena de piojos

y unos ojos tan abiertos que
abarcaban hasta los confines del reino


XIII

Que los gitanos están armando carpas
dice la María con sus ojos pintados de río
que los gitanos se roban a los niños
dice mama Laura
que los gitanos te ven la suerte en la palma de la mano
que
los
gi
ta
nos

Y las gitanas rubias estiran los brazos al sol vestidas
de arcoiris y ríen y hablan con su lengua al revés y bailan
con pies de ventolera y hacen cantar sus abalorios
en las muñecas en las orejas en el cuello en la cintura
en los tobillos en la cabeza en el pecho en las pestañas
y en el cobre de las pailas
que abren todas las jaulas

Y esa niña
volando sobre las pircas

XIX

No duran
los zapatos  las aficiones
las bolitas  las colecciones
las siembras  las discusiones

ni la muñeca de dos cabezas
la más amada la doble bella
la doncella reina de
lo mestizo
lo partido
lo propio

sólo perdura la tierra
de parto
entre las piedras


XIV


La radio anuncia
malas nuevas

terremoto en Ovalle
y maremoto en Coquimbo
sequía en el valle
y el tizón
que muerde el útero salino de la tierra
para comerse a dentelladas
el corazón
de las papas

De nada sirve
-patrona-
llenar los baldes con esta leche
de vaca recién ordeñada
no ve que ya tiene olor
a leche cortada



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Alejandra Basualto (Rancagua, 1944), Directora del Taller “La Trastienda”, Libros: Los ecos del sol (1970), El agua que me cerca (1983), Las malamadas (1993), Altovalsol (1996). Es también autora de novelas y cuentos. Ha obtenido diversos premios y su obra ha sido traducida al inglés.


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